dissabte, 25 de juny de 2016

El disgusto del padre, el disgusto del hijo.

Otra vez lo ha hecho. Lo he avisado 300 veces y lo ha vuelto a hacer. ¿¡Pero cómo diablos quiere que se lo diga!? Qué cansado... No, mierda, ya lo he vuelto a amenazar de esa manera ... No puedo más. No sé más.

Este diálogo interno es automático cuando nuestr@s hij@s entran en esa brecha que no tenemos resuelta, y ellos ven y reclaman una y otra vez que se resuelva.
La transgresión constante de límites, el conflicto, el enojo desbordado, el sabotaje, la exclusión, son algunas de las formas visibles que usamos adultas i adultos para sostener ciertos momentos que nos incomodan. Los niños las aprenden bien deprisa y se hacen especialistas, como nosotros. Son unos grandes aprendices.
Cuando vemos sufrir a nuestro hijo/a, hay una parte de nosotros que se rompe y se decepciona. Como un: "Esto no es posible que me esté pasando a mí." Seguido a menudo de un: "Esto que yo nunca he querido transmitirle a mi hijo/a..." Y nos decepcionamos.

El niño, cuando siente al padre o la madre decepcionados, piensa automáticamente que hay algo en él/ella que no está bien, y puede condicionar/reforzar una auto-imagen que seguramente no le ayuda a afrontarlo de manera constructiva.

¿Qué cambia cuando vemos a nuestro hijo hacer algo que nos decepciona?
El punto diferenciador es que tenemos la gran oportunidad de verlo desde fuera. Y si hacemos el ejercicio de pensar en una situación similar a la que le ha sucedido a nuestro hijo / a, en nuestro mundo adulto, es muy posible que nos acerquemos un poco más a lo que hace detonar los mecanismos de defensa emocionales.
La injusticia, la presión, la exigencia, el miedo a perder la sensación de control o el poder, la autoridad ... ¿Qué es lo que nos supera y no podemos digerir? Lo que encontramos en cada pequeño (o grande, según el caso) ejercicio nos traerá pistas para poder acompañar a nuestra hija / hijo.

¿Y qué hago con las pistas?
Lo primero que podemos hacer es observarlas un rato (minutos, horas o incluso días. Lo que cada uno / a necesite). Tomar distancia nos puede dar una visión más limpia.
El siguiente paso es preguntarnos: ¿Qué me habría ayudado a mí en este momento? Aunque yo no lo tuve, ¿qué siento me habría ido bien?
Y aquí es donde posiblemente sentiremos que podemos compartir nuestro conocimiento con él / ella. Iniciando la conversación con algo parecido a: "Te ha pasado esto, hijo, y me ha recordado a una situación similar que yo he vivido". Es poder transmitir con palabras sencillas el concepto: "A mí también me ha pasado. No hay nada malo en ti."

Os invito a probarlo.
Pararnos para darnos espacios de reflexión nos ayuda a seguir creciendo, como padres / madres y como personas, en general.


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